Libros § La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

Si es cierto que la obra es una totalidad, también lo es que pueden diferenciarse aspectos que probablemente reciban críticas dispares.
La novela de Burbery es entretenida, de prosa poética y lectura fluida gracias a su estructuración en capítulos cortos.

La historia, narrada por los dos personajes principales, divide las voces en la de Renee, por un lado, la portera de un edificio de alta categoría, quien esconde en su aspecto rústico un interior elegante, sabio y refinado espíritu; por otro lado está la voz de Paloma, una niña de doce años cuya inteligencia (o mejor dicho, conocimiento) excede la de cualquier adulto universitario y quien busca la belleza y el sentido de la vida en una carrera contra un plan suicida un tanto caprichoso.
Los dos personajes se adivinan como dos mitades del alter ego de su autora, así como el recorrido filosófico su descargo académico divulgativo. Si bien algunos pasajes desentrañan derivas de pensamiento interesantes, algunos de ellos exceden, quizás, lo intrínsecamente necesario a la narración y aparecen por el mero hecho de aparecer. Por momentos resulta difícil seguir algunos planteamientos para un público si académico, no filósofo, sin embargo, otros se complementan y articulan perfectamente dando un gusto especial y una profundidad al relato. Varias imágenes están muy bien logradas y perduran en la mente, la de la camelia en el fango es una de ellas.

La mayor crítica que merece esta historia es la construcción poco creíble de los personajes, sobre todo porque todas sus características son anunciadas más que mostradas, como un producto elaborado y arrojado ya digerido a un público medio – mid cult diría Eco – que no puede o no quiere esforzarse mucho en captar al personaje. Así Paloma declara, en un gesto repetido también por Renee, que ya predispone a considerarla petulante: “yo soy muy inteligente”, enunciado que de allí en más no se demostrará con una inteligencia práctica, sino con el detalle de gustos y consumos culturales y citas eruditas poco probables de recitar por una niña de nivel primario.
También los motivos de Renee son poco probables: una excusa aniñada la convence de ocultar en el papel de portera (o su propio estereotipo de lo que debe ser una portera) su inteligencia prodigiosa y autodidacta. Tomando este juego muy a pecho se esmera en producir una tosquedad propia de su puesto.
El resultado de esta manera de definir las identidades es, por muchos momentos, una puesta en escena que se termina por ver a la distancia.
Por supuesto, la historia de princesas incesantemente reeditada por las novelas de la tarde no podía dejar de estar presente aquí. El buen y millonario príncipe que rescata a la criada llegará, más no sea para salvar su alma.
Los dos personajes, al fin, llevan en sí el germen de la soberbia propia de los seres que, dignos a rebajarse para ayudar a las mentes bajas y confundidas, tienen una percepción tan elevada de sí mismos que deben esconder su verdadera naturaleza y precaverse so pena de misterioso castigo.
Un final un poco golpe bajo, un poco melodramático y por demás innecesario quizás logre su efecto y arranque una lágrima al lector sensible.

Ciertamente, el libro consigue realizar la intención artística: conmovedor, por momentos, puerta a la reflexión, en otros.
Un best seller con notas filosóficas para sentir que no se desperdicia la lectura del verano.

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